Si hay un mal del que ha sufrido la historia ecuatoriana desde sus inicios, es el de ser en gran medida una historia novelada. Pareja Diezcanseco, notable novelista, al incursionar en la historia escribió: “Toda historia comienza con el mito, que es el poder creador.

Cuando el documento – algunas veces intencionalmente desfigurado – no basta, los pueblos se nutren el espíritu y afirman su amor a la madre tierra con las virtudes extraordinarias de la leyenda. Y la leyenda, ha de reconocerse, si poetizada dulce y mágica, no es sino una verdad dicha con otras palabras”. Esa ha sido la tónica general de los historiadores desde el padre Juan de Velasco, dándose pocas pero notables excepciones en historiadores que trabajaron la historia documentadamente y de manera metódica, como Federico González Suárez, Pedro José Huerta y más recientemente Julio Estrada Icaza.

La historia novelada ha distorsionado el pasado del Ecuador, pero esa historia falsa se ha convertido en realidad gracias al hecho de ser repetida por generaciones y reafirmada por historiadores que basan sus nuevas versiones de los hechos en los trabajos ya distorsionados de sus antecesores.

Hay un pequeño grupo de historiadores, que siguiendo la línea de González, Estrada y Huerta, están trabajando documentadamente y están desbancando mitos históricos arrastrados por tiempos. Eso incomoda, pues al surgir verdades que contradicen las leyendas de hechos grandemente exagerados, se cambian los esquemas aceptados y muchos de ellos quedan como engaños. Es como patear el tablero de ajedrez cuando la partida favorecía al status quo.

Como opinó Pareja, la leyenda se hace verdad cuando es agradable, y se hace historia. Puede ser historia “bonita” pero nunca será verdadera y su enseñanza lo único que logrará será engañar y confundir. La única historia verdadera es aquella que se deriva del riguroso estudio documental, pues como bien observa Pareja, el documento también es susceptible de ser desfigurado y por ello requiere ser confrontado con hechos paralelos en el tiempo y materia, para confirmar su veracidad.

No hay otra forma honesta de escribir historia que la documentada y objetiva, aunque es imposible separar la historia del historiador, pues por más riguroso que éste sea, es imposible lograr objetividad total y siempre hay un factor de subjetividad que se filtra en toda historia, y por ello inevitablemente la personalidad del historiador se trasluce a través de sus palabras interpretativas y analíticas de los documentos tratados. Así, la historia no deja de ser subjetiva, tanto por parte del que la escribe como por parte del que la lee, pues el lector es la contraparte y será crítico y subjetivo en su consumo, con lo cual frecuentemente surgirá polémica.

Eso ha ocurrido con “Historia de Guayaquil”, libro de síntesis derivado de los cuatro tomos de “El Libro de Guayaquil”, presentado hace ya dos años. Su difusión ha causado gran polémica entre los historiadores nacionales y ha incomodado muchas historias tradicionales con sus documentos y las interpretaciones de sus autores. Esperemos que de esa controversia salga la historia real fortalecida.