Todo extremo es malo, por eso es mejor mantenerse en el medio, pero a veces el medio es nada más una situación de comodidad y tibieza que hace más daño que bien al mundo.

Los derechos humanos están bien, sin embargo, la generalización de los derechos permite que los derechos de unos prevalezcan sobre los demás, dando un resultado aún más catastrófico.

La permisividad ha ido degradando el nivel de moral que existía en el mundo, y ahora ya es visto como normal, que las parejas vivan juntas, incluso con la duda de si ese hogar o al menos la responsabilidad compartida de llevar adelante sus resultados, va a persistir. Por otro lado, la durabilidad del matrimonio, aún del eclesiástico, se ve cada vez más amenazada por la facilidad con que estos contratos se rompen.

Ya hay una corriente mundial para legalizar los matrimonios homosexuales y más aún, para permitir que hogares formados por personas del mismo sexo, puedan adoptar y criar, con las excusas de que no se debe discriminar a nadie por sus preferencias de cualquier tipo y de que todos tenemos los mismos derechos. Me llama a la reflexión el hecho de que una pareja de homosexuales no puede en forma normal tener un hijo. Sin embargo ya se pretende inseminar a una de las mujeres homosexuales para que esta pueda dar a luz un hijo y no falta mucho para que se pretenda fecundar a un óvulo con el material genético del otro óvulo, para que la hija pueda realmente ser de las dos.

Las excepciones no deben nunca pasar a ser la regla. Los acomodos hechos a nuestra constitución muestran barbarismos y aberraciones gramaticales por pretender eliminar los problemas de género que existen, no porque queramos ponerlos, sino porque las particularidades de cada sexo, existen. Hay diferencias incontrolables que marcan la individualidad de la persona y características particulares de cada sexo que nos hacen diferentes y que, en general, producen la atracción normal de una persona de un sexo hacia otra, de sexo opuesto.

El problema es aún mayor con la plurinacionalidad y con la forma con que se quieren llevar las tradiciones de las diferentes etnias indígenas, que ya no exigen solamente derechos justos, sino también hacer prevalecer sus costumbres y normas ancestrales, que en algunos casos atentan contra la dignidad humana.

Para exigir nuestros derechos, los grupos que tenemos normas y costumbres familiares, como la necesidad de tener un hogar bien establecido, formado por un padre de sexo masculino, una madre de sexo femenino e hijos, que creemos que la viveza criolla y la pillería no son formas de hacer dinero, que si se negocia con el Estado, ya sea como miembro o como proveedor, se debe actuar en todo con honradez y honestidad a toda prueba, deberíamos reclamar el derecho a ser una etnia, exigiendo el respeto a nuestras costumbres y tradiciones. Si los otros tienen derecho a reclamar por sus derechos, nosotros, que somos un grupo más numeroso, debemos tener al menos, el mismo derecho que los demás grupos de alzar nuestra voz para defender las normas morales y éticas que hasta hace poco eran regla común en nuestro país.