Uno de los defectos más desagradables del ser humano es el hablar de los demás, el desprestigio ajeno es nacido muchas veces de la envidia, del aburrimiento, o simplemente de la maldad. Muchas veces incluso nosotros mismos, por atropellados, caemos en esta trampa y juzgamos anticipadamente a las personas y los dejamos por las patas de los caballos. Recuerdo la historia del novio adolescente que iba a la casa de su novia a pedirle matrimonio y al llegar a la esquina, alcanza a verla estirándose para abrazar a un joven desconocido y darle un beso con amor. Regresó a su casa, escribió una carta de rompimiento y regresó para dársela. Ella, al abrir la puerta, lo saludó muy cariñosa y le contó que estaba llena de alegría porque su hermano que estaba en el ejército, acababa de llegar sano y salvo. Pálido, disimuladamente y agradeciendo que ella haya hablado primero, rompió disimuladamente su ofensiva carta. Un viejo consejo de una tribu de indios de Norteamérica, recomienda que nunca hables mal de nadie hasta que hayas caminado con sus sandalias al menos una semana, es decir, nadie sabe los motivos de la forma de actuar de alguien y es muy triste que nos atrevamos a juzgar su actuación, sin conocer los motivos por los que lo hizo y peor aún a veces, sin saber si en realidad lo hizo o no.

A veces crucificamos a las personas por lo que creemos que han hecho, hacemos escarnio público de ellos, tal como hicieron los judíos con Jesús, simplemente por presunciones. Una frase de Jesús que me permito recordar es “NO JUZGÉIS Y NO SERÉIS JUZGADOS”, y creo (al menos por mí) que es la mayor misericordia que Dios puede tener conmigo.

Una cosa diferente es la actitud que debemos tener para con las personas que ocupan puestos públicos. Esta es la única excepción a la regla anterior, pues las personas que ocupan el poder, no lo han recibido de Dios, como lo hemos recibido individualmente todos los seres humanos. Ellos han recibido el encargo del pueblo o de sus autoridades para cumplir con tal o cual cargo, y es su obligación rendir cuentas sobre el trabajo encomendado.

Me ha dado lástima lo ocurrido con el ex Gobernador. No lo conozco pero creo que es obligación de las personas que nombran autoridades, asegurarse de que las personas nombradas sepan las obligaciones a las que se comprometen cuando aceptan un puesto público. Recuerdo a un amigo que me contó la alegría que había tenido al ser electo Alcalde de un pueblo. Yo le repliqué que para mí era una muy grave y dura responsabilidad y él me dijo que con las comisiones que recibiría iba a salir de las necesidades en que vivía. Yo me permití recordarle (aunque él no me lo aceptó), que la dignidad de su puesto no era por él, sino por el puesto, es decir, que si habría que dar comisión esta no sería para él, sino para las arcas municipales y ser ingresadas como tales, de modo que, si él quería obrar honestamente, como me había dicho que quería hacerlo, era su obligación no recibir coimas ni porcentajes por obras, pues entonces, tampoco podía exigir que se cumplan bien las obras que estaban haciendo.

Aparenta ser una pésima elección la que hizo el Presidente al poner al Gobernador del Guayas si es que este no sabía que debía anotar todo, ingresos, penalidades, etc., pues indica que se nombró a una persona no apta para su puesto (si lo sabía, pero no lo hizo, es obligación que vaya a la cárcel, por más amigo que sea del Presidente, pues los corsarios ya desaparecieron hace 3 siglos), y si no era la persona apta, también debe ir a la cárcel por haber aceptado un puesto para el que no tenía capacidad.

Me preocupa la visión que tienen algunos gobiernistas y la forma como el Gobierno recicla a sus altas esferas. He conocido personas brillantes, íntegras y honestas que están con el Gobierno en puestos prácticamente de anonimato, mientras que algunos de los cabecillas, cuando son pillados en algo malo, son simplemente cambiados de puesto y aquí no ha pasado nada. La impunidad está pasando a ser la forma de vida de algunas de las personas que rodean al Presidente, como si los corsarios, que aterraron a los pueblos en los siglos XVII, XVIII y XIX, con la venia de ciertos reyes de Europa, hayan vuelto a renacer. Dios no quiera que esto ocurra. En lo que lo he conocido al Presidente de la República, siempre lo he considerado un hombre honesto y espero que estos actos de corrupción, si se prueban, sean debida y severamente sancionados, pero es necesario dejar las excusas a un lado. Todos debemos cumplir con la ley, y más obligación aún, tienen las personas que se dicen amigos del Gobierno, pues si alguien es amigo mío, debe probármelo con su forma honesta y responsable de actuar.