Hace pocos días visitando la biblioteca de una entidad particular me fue mostrada una pintura del obispo José Vicente de Silva y Olave. Personaje guayaquileño que yo no conocía. Como llamó mi atención su importancia decidí que siendo nuestro coterráneo debía hacer un artículo para conocimiento de los lectores. Según el crítico de arte que lo analizó, se trata de una obra pictórica del quiteño Antonio Salas Avilés, realizada muy probablemente por un encargo de nuestro gran prócer José Joaquín de Olmedo, vinculado al obispo, no solo familiarmente sino porque en 1794 como Canónigo Magistral de la Catedral de Lima, dirigió sus estudios en la Universidad de San Marcos.

Se trata de las muy pocas obras que se salvaron de los numerosos incendios de Guayaquil, que ha sido conservado en su familia por generaciones. Rodolfo Pérez Pimentel escribe que: “Dicho cuadro estuvo por muchísimos años en la antigua Catedral de Guayaquil hasta que fue destruida en los años 20 para construir la moderna de cemento armado que existe hoy. Isabel María Yerovi de Matheus, presidente del Comité de Damas pro reconstrucción de la Catedral, lo envió a Clemente Pino Ycaza, quien lo lució en su Biblioteca.” Hasta que a su fallecimiento pasó a su hijo Clemente Pino Gómez.

Esta afirmación de Pérez Pimentel, de haberse encontrado el cuadro en la antigua Catedral de Guayaquil hasta los años 20, explica el por qué sobrevivió al devastador “Incendio Grande” ocurrido el 5 y 6 de octubre de 1896, en el cual no fue afectada nuestra Catedral. Esta preciada obra de arte e importante documento histórico, como hemos dicho, hasta hace poco tiempo se conservó en poder del hijo mayor de Clemente Pico y en la actualidad ha sido ingresado a la Pinacoteca del Club de la Unión de Guayaquil.

Las conclusiones acerca del origen y la fecha de la pintura, nos conducen a pensar que Antonio Salas la realizó tomándola del natural, a pedido expreso de Olmedo y con posterioridad a su retorno de las Cortes de Cádiz. Pues el obispo se hallaba en la ciudad de Quito entre junio de 1812 y diciembre de 1813, y antes de viajar en 1814 a su sede episcopal en Huamanga (hoy Departamento de Ayacucho) en el Perú, cuyo nombramiento le fue enviado por Olmedo en 1812, cuando aun era diputado en las Cortes de Cádiz.

Además, tampoco se tiene noticias que Antonio Salas haya viajado a Guayaquil o a Lima. Igualmente se desconoce de la existencia de grabados que retraten al obispo Silva y Olave con los que el artista pudiera haber realizado la pintura en base a una imagen a él remitida por la familia del obispo. De manera que la explicación que consta en el párrafo anterior: esto es, que a pedido de José Joaquín de Olmedo, pariente, pupilo y admirador de Silva y Olave, Salas la ejecutó antes que éste, que se hallaba en Quito, partiese hacia Huamanga, es la que más se ajusta a lo posible.

En su explicación de la obra, el crítico de arte Juan Castro y Velázquez, nos dice que: “El obispo José de Silva y Olave (1747-1816), quien nació y murió “español de Guayaquil”, está retratado de tres cuartos de perfil hacia la derecha. De facciones que muestran inteligencia y decisión. Su rostro es ovalado y algo regordete. Labios carnosos y rojos, nariz grande y ojos algo hundidos con pupilas muy vivaces.”

“Sobre su cabeza lleva un bonete negro. Su hábito, también negro, muestra un gran cuello o gorguera. Solamente en la manga de la mano derecha aparece una parte de la camisa blanca interior. El obispo está sentado en una silla de respaldo rojo, a la derecha se aprecia una estantería con dos filas de libros con etiquetas rojas. Todo el fondo es de color uniforme verde muy oscuro.”

“El obispo sostiene en su mano derecha una pluma y está en actitud de escribir sobre una ménsula, aunque no se puede apreciar un papel debajo. Junto a la mano hay un tintero de metal grande. Detrás del tintero hay otro escrito con una inscripción legible:

La primera noticia sobre la existencia de esta obra que llegó a Guayaquil en el siglo pasado, fue mediante el recorte de un artículo de la autoría del doctor José Gabriel Navarro, que analiza la obra de Antonio Salas como retratista y describe la trayectoria del obispo José Silva y Olave, publicado por el diario El Comercio de Quito el 27 de noviembre de 1960. Recorte que fue enviado desde la capital al tenedor del cuadro don Clemente Pino Ycaza, por don Luis Noboa Ycaza, ambos descendientes de la familia Silva. Posteriormente, Rodolfo Pérez Pimentel en las páginas 337 y 339 del tomo 13, de la segunda edición de su Diccionario Biográfico del Ecuador, publica una semblanza suya.

Veamos ahora, quién fue éste guayaquileño de alta alcurnia y sacerdote católico ejemplar. José Vicente de Silva y Olave, que honró su cuna y familia a través de su dedicación al estudio en el Colegio de San Carlos en Lima, al que ingresó por una beca concedida por decreto del Arzobispo de Lima, el 23 de mayo de 1766, de donde salió colmado de honores y títulos el 5 de diciembre de 1770.

Guayaquileño nacido el 15 de abril de 1747, exactamente a un siglo del fallecimiento de su pupilo y pariente José Joaquín de Olmedo (Feb. 19 de 1847), y cuando la ciudad recibía numerosos inmigrantes, en razón de la demanda creada por las plantaciones de cacao que, como una de las tantas crisis que han afectado a Guayaquil, causó el crecimiento desordenado de la ciudad y una sobrepoblación que desbordó los límites urbanos impuestos por el Cabildo.

Fue hijo legítimo de Jacinto Pérez de Silva y Avilés, Capitán de Milicias, Alcalde Ordinario de su Cabildo y Teniente y Cabo de Centinela de la isla Puná, y de Jacinta de Olave y Salavarría, ambos guayaquileños. A los siete años de edad ingresó al Colegio de Guayaquil fundado por los jesuitas en 1660-61 y diez años más tarde a la Universidad de Santo Tomás de Aquino en Quito. Doctorado en Teología pasó al Seminario de Santo Toribio en Lima donde alcanzó el título de Maestro en 1777.

En 1785 pasó al Convictorio de San Carlos recientemente fundado y dirigido por Toribio Rodríguez de Mendoza conocido como el renovador de los métodos educacionales. Por nueve años Silva sirvió como profesor y por los siguientes cuatro años fue su director. Fue catedrático de Artes y Nona de Teología en la Universidad de San Marcos. En 1792 fue electo Canónigo Magistral de la Catedral de Lima. En 1794, asumió la tutoría de su pariente el joven José Joaquín de Olmedo .

En 1806 fue designado Chantre de la Catedral de Lima. A principios de 1809 fue electo Rector de la Universidad de San Marcos, y al enterarse de los sucesos del 10 de agosto de ese año, envió un exhortación a la Junta Soberana excitándolos vivamente para que volviesen a la obediencia de las autoridades realistas. El 19 de septiembre de ese año, mediante un sorteo entre él, José Baquijano y el General Goyoneche, se lo designó Miembro de la Junta Central de España e Indias por el Real Acuerdo presidido por el Virrey Abascal. Zarpó de El Callao y a su paso por Guayaquil, se embarcó Olmedo, quien, seguramente a solicitud del obispo Silva, había designado miembro de la misma Junta Central como diputado (de Ultramar) por Guayaquil. Encontrándose aún en México se disolvió la Junta Central en Sevilla y con ello terminó la comisión. Silva consideró la inutilidad del viaje y regresó junto a Olmedo a Lima y Guayaquil respectivamente, a finales de 1810.

“En 1811 presidió la Junta de Censura de Imprenta. Electo Obispo de Guamanga en 1812, tomó posesión en 1813. Falleció el 26 de octubre de 1816 en Niñobamba cuando venía a Lima a consagrarse, y su cadáver conducido a Guayamamga, para ser sepultado en la catedral.”

“El doctor Silva y Olave fue el conductor de doce mil pesos que llevaba al Rey de España, como donación del célebre vecino de Quito don Carlos Lagomarsino, a quien se debe el nombre, algo estropeado, del barrio del Argumasín. Como no realizó el viaje a España el doctor Silva entregó los doce mil pesos en México para que se los remitieran al Rey” (tomado del artículo mencionado, publicado en El Comercio de Quito).