En este siglo donde los conceptos democráticos dominan el discurso político no solo de los países desarrollados, si no también el de la mayoría de países en vías de desarrollo, nadie puede objetar la necesidad de que el mundo árabe requiere emprender cambios profundos que superen su status quo político.

Sin embargo de esta realidad y de la aprobación global hacia los movimientos iniciadores de transformaciones políticas en esta conflictiva región del planeta, la bella apariencia externa del concepto general del movimiento conocido como Primavera Árabe, solamente parece maquillar otra horrible realidad interna, que nace en las entrañas mismas de su cultura y creencias, pero que necesita ser enfrentada con honestidad y sin temor.

La Primavera Árabe nos ha vendido la posibilidad de cambios y mejorías en las libertades de los pueblos de esta región del mundo. Sin embargo, la realidad de los acontecimientos nos obliga a dejar de especular y tomar coincidencia sobre las verdaderas virtudes y defectos del movimiento. No creo que es suficiente con simplemente aceptar el exterminio de las dictaduras de hombres y nombres que ya resultaban incómodas para los dogmas políticos occidentales.

Es necesario analizar con mayor profundidad antes de apoyar irrestrictamente un proceso que no solo aparenta, si no que está dando claras muestras de nacer incompleto, inconcluso como producto, prematuro y hasta con serios problemas de salud.

Mientras las mujeres árabes sigan siendo consideradas propiedad del subyugante sexo masculino y ciudadanas de segunda categoría en sus propios países y por sus propios progenitores, la Primavera Árabe, ya me huele a podrido.

Es verdad que las mujeres en Occidente han defendido con mucha valentía sus derechos durante gran parte del siglo XX y que todavía hay camino por recorrer. Y no es menos cierto que existen todavía muchos conceptos que necesitan ser revisados en las instituciones democráticas, sociales y religiosas de occidente. Desde la misma institucionalidad religiosa, donde nacen conceptos e ideas con tintes machistas y que han reservado y condenado históricamente a la mujer a un plano secundario.

La verdad es que los vientos del siglo XXI nos traen aromas de mujer…donde la mujer dejó de ser el fundamento de los hogares basado en el injusto e incompleto concepto de ama de casa. La mujer del siglo XXI es fuerte, profesional, liberada, inteligente, decidida, equilibrada, dueña de su cuerpo y de opiniones fuertes. Trasciende sus hogares para convertirse en generadora de cambios positivos en la sociedad. No es feminista, por que ese concepto resulta desfavorable y muchas veces las aleja de la sensibilidad que equilibra a la mujer que seguramente tomará las riendas políticas del siglo actual.

Mona Eltahawy, una joven y valiente periodista egipcia sentencia desde su nuevo hogar en Nueva York: “Nuestras revoluciones políticas no tendrá éxito a menos que vayan acompañadas de las revoluciones de pensamiento social, sexual, y revoluciones culturales que desbaraten los Mubaraks en nuestras mentes, así como de nuestras habitaciones. Somos más que nuestros turbantes y nuestro himen.

Es necesario ampliar las voces de la región y picar el odio en sus ojos. Hubo un momento en que ser islámico era la más vulnerable posición política en Egipto y Túnez. Entiendo que ahora muy bien podría ser el simple hecho de ser mujer. Como siempre lo ha sido.”

Mona, sin tapujos y con el derecho y razón que le da la historia, valientemente apunta su dedo a líderes regionales y mundiales a quienes acusa de misoginia, que no es otra cosa que eversión u odio hacia las mujeres. Desde esta parte del mundo, donde las mujeres han conquistado con mérito propio las más altas posiciones políticas, aunque todavía hay espacios por conquistar, es necesario se levante una voz firme y unísona de advertencia a los nuevos herederos de la conducción política de medio oriente: no existe democracia sin respeto a la igualdad de las mujeres.

No puede existir libertad, si se calla a la más importante de las voces de la sociedad. No hay nada que discutir, los derechos de la mujer se han convertido en la gran debilidad de la Primavera Árabe.