Confieso que la primera vez que escuché esta aseveración por parte de los ejecutivos encargados del seguimiento y evaluación de los procesos educativos superiores en el Ecuador me pareció exagerada y hasta insultante. Hoy, y en muchos casos, debo admitir que tiene su razón de ser en la casi inoperante preparación que muchas universidades, escuelas y colegios han desarrollado en quienes confiaron a sus hijos e hijas como alumnos.
Pero el asunto es aún peor… pues estos jóvenes, preparados para el siglo diecinueve y no para el actual, son conscientes –algunos me lo han expresado- de lo tragicómico de su preparación cuando se le permitía en las escuelas y colegios –muchos de ellos fiscales pero también particulares-, hacer lo que les daba la gana, presentar cualquier trabajo y ganarse la máxima nota, o lo que es peor, irrespetar a la autoridad constantemente, sin dejar de anotar, el enciclopedismo, la exagerada memorización, la repetición insulsa de los temas y el predominio de lo cognitivo sobre lo procedimental y lo actitudinal.
Ahora, muchos de ellos no pueden, al salir del colegio, aprobar las pruebas que los organismos públicos que controlan hoy por hoy a la educación superior, les hacen…
En otros casos, son profesionales, graduados de médicos, abogados, ingenieros, entre otras carreras, cuya preparación no les permite competir en igualdad de condiciones por un puesto de trabajo y se sienten lógicamente “estafados” en la oferta educativa del centro superior al cual acudieron.
Como docente de los primeros años universitarios vivo cotidianamente la angustia de los jóvenes. En especial muchos de los colegios de provincias y algunos de los más “encopetados” de nuestra ciudad que han graduado estudiantes que no saben leer –apenas de manera textual-, que procesan muy mal la información que logran memorizar, que son incapaces de hacer un análisis y peor una síntesis, que abstraen con gran dificultad, que como no saben establecer relaciones conceptuales tampoco pueden elaborar y entender analogías, jóvenes cuya comunicación es tan pobre que prefieren no hablar y con una supina carencia de los procesos de argumentación y de lógica argumentativa. Añádale, por supuesto, otros tantos vicios “aprendidos” como filtros mentales tal cual la soberbia intelectual, la polarización de la mente, el egocentrismo, entre otros, y tenemos configurada la famosa “estafa académica” de la cual hablan los zares gubernamentales de la educación superior.
¿Culpables?
Universidades alejadas de la realidad de las instituciones educativas secundarias, colegios que apenas se fijan en los requerimientos de los centros superiores, autoridades cuyo trabajo ha sido “supervisar” y se han hecho de la “vista gorda”, académicos universitarios que por comodidad han seguido con programas
desfasados y anticuados, padres de familia que no han sabido asesorarse y no han hecho uso del natural proceso de rendición de cuentas para exigir sus derechos, estudiantes que se han “adaptado” sin protestar a los docentes vagos y poco preparados, entre otros factores… Lo cierto es que el problema es real y aquí lo tenemos… ¿qué hacemos?
Para comenzar, aceptemos sin dilaciones que, aunque no nos guste, no estamos bien, y debemos mejorar, nos dolerá, es más… ¡nos está doliendo en el punto más delicado… nuestros jóvenes!, pero… ¿qué futuro podemos tener si lo más preciado y delicado del presente, los cerebros de niños y jóvenes han sido tan mal tratados?. En posteriores entregas esbozaré mis personales sugerencias para mejorar lo acontecido…

La ley de educacion se contradice al querer excelencia academica universitaria, pero obligando a una mediocridad escolar en escuelas y colegios.
Gracias.