Federico Víctor Reinel Rojas nació en Barbacoas Colombia. Muy joven fue enviado por su padre Francisco Reinel a Lima, de esa ciudad pasó al Cerro de Pasco en el Perú a trabajar en la construcción de una vía férrea, la más alta del mundo y por ende, dificilísima de llevar a término. Allí estuvo por varios meses, ganándose la estimación de sus compañeros, que le apodaron “El Cholo Reinel”, sobrenombre que le quedó para toda su vida.
Hacia 1890 volvió a Lima y al poco tiempo se colocó como agente vendedor de la Compañía de Seguros de Vida “La Equitativa”, de propiedad de Augusto B. Leguía, (algunos años más tarde sería presidente del Perú). En 1893 el señor Leguía fundó una Sucursal de tal empresa en ésta ciudad, trabajó arduamente y una vez acreditada, volvió a Lima y envió a Guayaquil a su colaborador Reinel para que la administrase. Al estar en Guayaquil en una actividad importante, que le permitía acceder a los niveles sociales altos, no tardó en relacionarse con hombres de comercio, empresarios y personalidades de nuestra localidad.
Al ser un hombre de cultura superior, inteligente y de muy agradable trato y no tardó en vincularse al Círculo Literario Guayaquil. Centro cultural, en el que no podía menos que relacionarse a hombres como: César Borja Lavayen, Fausto Rendón y con los jóvenes escritores Alberto Arias Sánchez, peruano que trabajaba con él, Manuel y José Antonio Campos, Ramón y Emilio Gallegos Naranjo, Manuel J. Calle y Modesto Chávez Franco entre otros. Grupo de letrados al que esporádicamente se sumaban los poetas Numa Pompilio Llona y Nicolás Augusto González.
Pero su horizonte no era solo dedicarse a colocar pólizas, sus metas de hombre ambicioso eran mayores. Con el tiempo, luego de madurados sus proyectos empezó a trabajar con un imprenta, no se puede precisar si la adquirió, se asoció con algún propietario o simplemente la rentó. Lo cierto es que con ella se centró en la búsqueda de su destino. Comenzó publicando calendarios, pero con una visión de empresario, grandes energías y disciplina logró multiplicar la producción de estos al punto de casi eliminar a sus competidores.
Eran los tiempos de la lucha liberar por terminar con el despotismo que durante el Gobierno del doctor Luis Cordero ejercía la argolla conservadora, encabezada en Guayaquil por el gobernador José María Plácido Caamaño. Contienda en la que surgieron los periódicos El Monitor Popular, El Granuja, El Látigo, El Centinela, El Cáustico, el más agresivo, “verdadero raudal de chispas que causaba mortificantes quemaduras en la epidermis del Gobierno”. Era su director un mozalbete que ya desde el colegio había demostrado bastante pericia en artículos satíricos” (Modesto Chávez Franco, razón por la cual Chávez Franco fue deportado.
Ante esta persecución, Federico Reinel se embarcó en la lucha y el 22 de enero de 1895 fundó el periódico El Grito del Pueblo. Diario frontalmente liberal, nacido pocos meses antes del triunfo de Alfaro, que muy pronto adquirió una gran popularidad y llegó a ser un elemento decisivo y orientador de opinión en la lucha abierta que sostenía la oposición contra el gobierno del doctor Luis Cordero. Sus publicaciones contenían, aparte de las columnas destinadas a la candente lucha política, una sección de cablegramas, variedades, gacetilla, folletín, etc. Uno de sus redactores era el insigne periodista Manuel J. Calle y César Suárez redactor principal de El Grito del Pueblo. La mordacidad y dureza de las publicaciones con que se denunciaba los actos ilícitos y errores del Gobierno, no tardaron en encender la mecha de la persecución.
Vale la pena subrayar que en la organización del periódico Reinel aplicó normas procedentes para el funcionamiento de una empresa. En toda su actividad primaba un gran entusiasmo y energía, era un verdadero motor que entre la solidaridad para con sus colaboradores, sonrisas y bromas, era capaz de indignarse por errores de omisión o por falta de comprensión. Fue el primer empresario del periodismo que personalmente contrató, vistió e instruyó a una legión de canillitas, que al grito de a “un real El Grito” llenaban el ámbito mañanero guayaquileño. En esta actitud, se preparó con acierto para levantar un frente de opinión contra el Gobierno.
El 1 de mayo de 1895, en su número 111, dice: “Desde el sábado 15 del presente mes nos hemos visto obligados a suspender la publicación, debido a las persecuciones que han venido siendo constantes víctimas los redactores de esta hoja y a la prisión de los operarios de la imprenta, llevada a cabo ese día… Una tropa de esbirros se sitúa en las puertas de nuestros talleres, impide la entrada a los empleados y lo reduce, por último, a prisión…”
El 30 de mayo, cayó preso el señor Manuel J. Calle; en días anteriores había sido detenido el director señor César Suárez; además de otros directores y redactores de los periódicos locales, como los doctores Juan Cueva García, Alejandro Ponce Elizalde, Juan Antonio Orellana, los señores José Manuel Rivadeneira, Luis Fiallos, doctores José Moisés Ugarte y Baltazar Niemes. Estaban siendo perseguidos también el coronel Ricardo Cornejo, director de El Ecuatoriano y el doctor Manuel Serrano.
Reinel al frente del periódico se entregó de lleno a profundizar en el punzante asunto del negociado del crucero “Esmeralda”. En tres artículos que ocupaban cinco columnas de la misma edición, se trataba del problema en distintos tonos de gravedad. Esta actitud y frontalidad fue la clave del éxito de El Grito del Pueblo, de allí la arrolladora popularidad alcanzada desde su aparición. En el editorial del número 9 correspondiente al 29 de enero de 1895, decía: “En la capital de la república ya está imperando el terror (…) Prisión y destierro de los verdaderos patriotas, fusilamiento del pueblo, prohibición de publicar todo aquello que tienda a la reparación de la honra nacional (la venta de la bandera). crueles procedimientos con los perseguidos, nada falta, ¡nada más que el cadalso!”
Toda esta campaña que golpeaba duramente al Gobierno, no podía menos que generar poderosos enemigos, que con frecuencia recurrían al recurso de acusarlo como extranjero pernicioso para acosarlo y obligarlo a ocultarse para evitar ser desterrado. “Cuántas veces tuvimos que andar de ceca en meca buscando escondrijos para Reinel, ya en una viejísima y alaberintada casa del Callejón de Los Trapitos, ya en el Barrio de Los Milagros, de (la calle de) Villamil, ya en casa del buen amigo el maestro Aibar, en una de las covachas del doctor Cortés García, donde el compadre Pasaguay, por el Salado…” Pasada la tormenta, Reinel se reincorporaba al diario y reiniciaba la lucha con más recursos y argumentos para rabia de la administración pública.
“La mañana del 5 de octubre de 1896, El Grito del Pueblo circuló normalmente. Nada hacía pensar en que pocas horas más tarde Guayaquil sería presa de uno de los más devastadores incendios de su historia. Si bien los talleres del periódico no fueron destruidos, sus máquinas, al ser trasladadas para su salvamento, sí sufrieron serias averías, por lo que al reaparecer el día 8, a causa de los daños sufridos su edición se redujo a solo una hoja. Pero a partir del día 14, circuló con su original presentación y contenido de lectura”.
Pero el señor Reinel tuvo que ausentarse y permanecer largo tiempo en Lima. Durante su ausencia, el diario continuó su circulación hasta el número 6.102 que circuló 30 de junio de 1911, en que apareció el último ejemplar; mas, por asuntos judiciales, sus edificios y talleres fueron embargados, pasando éstos a poder de Vicente Paz Ayora, que con una variación en el título continuó publicando el periódico..
Pasada la empresa a la propiedad del doctor Vicente Paz, trasladó los talleres a un local de su propiedad ubicado en la plaza Colón, donde se publicó El Grito del Pueblo Ecuatoriano bajo la dirección del mismo doctor Paz, a quien hemos visto figurar en el periodismo guayaquileño desde los tiempos de El Heraldo; siguieron escribiendo para este periódico los señores Nicolás Augusto González, Manuel J. Calle, José Lapierre, Secundino Sáenz de Tejada y Darquea.
Al retornar a la ciudad Federico Reinel hizo acopio de elementos, y arreglando las cosas lo mejor posible, logró reeditar El Grito del Pueblo, agregando bajo su título, la palabra Auténtico. Esta reaparición se produjo el día 13 de julio de 1916, con un formato mediano, cuatro planas a cinco columnas, editado en sus propios talleres, cuya descripción la veremos en el artículo siguiente.
