Esta es la primera carta que te escribo en mis casi 32 años de vida. No sé cómo pude perder tanto tiempo y oportunidades para manifestarte cuánto valoro que estés al frente de mi familia. Por eso ha sido muy importante para mi pensar bien lo que en estas líneas quiero decirte, sobre todo porque estoy seguro de que estás viviendo momentos muy especiales en un fantástico encuentro con Dios en el que todo se transforma en susceptibilidades. En realidad lo que menos quiero ahora es que llores o que te desconectes de la paz y del gozo que muy seguramente ha tocado tu corazón en las últimas horas. Pero no encuentro más palabras para dirigirme a ti que las que causan sentimiento porque también estoy muy emocionado.
Tengo un mar de agradecimientos para ti. Te agradezco primero por haberme deseado mucho desde antes de mi concepción (así me lo repites cada madrugada de mi cumpleaños después de cantarme las mañanitas). Te agradezco por haber sido valiente y haberme dado la vida. Te agradezco por haber tolerado y sufrido con paciencia todas las cosas malas de tu época de esposa en el afán de que la figura del padre no me falte mientras crecía. Te agradezco por la devoción con la que educaste mi conocimiento y mi espíritu, pues tú has sido la inspiración y el talante para no dejar de ser católico cuando otras iglesias me tentaban en los momentos en los que erróneamente creí Dios me había abandonado. Te agradezco por el amor y la obsesión con los que me has cuidado y has procurado hacer de mi una persona de bien. Te agradezco por el inmenso sacrificio físico y mental al que te has sometido durante toda tu existencia por darme, incluso en la actualidad, el pan de cada día. También te agradezco por tu fortaleza y carácter fuerte porque con él me has hecho reaccionar cuando he estado desorientado. Pero muy particularmente te agradezco por la paciencia y resignación con la que me has aceptado tal como soy.
Mientras escribo estas palabras y reflexiono sobre todos estos agradecimientos me doy cuenta de que tú eres todo para mi porque lo has hecho todo en mi. Y es cuando debo finalmente agradecerte por haberme hecho agradecido: es el signo de que tu vida ha tenido un gran sentido porque dicen que los hijos son la prolongación de sus padres y tú debes sentirte conmovida de que en muchas formas sea tu reflejo porque a pesar de todo sé que soy bueno de corazón.
Ha pasado tanto tiempo desde la muerte de mi padre y nunca te dije lo impresionantemente admirable que fuiste en ese momento y en los hechos que después se suscitaron. Siempre, contra viento y marea y ante mi propio asombro tomaste con sapiencia las decisiones adecuadas y eso dejó huellas profundas en mi corazón. Absortos tus hijos te vimos dejar de ser una liebre para convertirte en una leona y asumir las incomodidades que nunca pensaste vivir por darnos a nosotros la paz. Sé que sufriste callada pero con mucho amor y dignidad (no creas que nunca me di cuenta que acudías a rehabilitación por el estrés que el tratar de sacarnos adelante te ocasionaba). Y que tu existencia ha sido sólo entrega, dedicación, sacrificio en cada una de nuestras circunstancias en el desenvolvimiento como familia y muy especialmente en los momentos difíciles. Lo has hecho todo bien. Incluso ahora en que me sentí destrozado, debo reconocer que has tenido un papel excepcional, tanto que trato de armar nuevamente mi estructura de vida pensando en que debo ser como tú.
Te pido que no me dejes nunca, porque en mis planes no están hacerlo. Donde vaya tú irás conmigo. Donde vayas yo iré a tu lado. A estas alturas reconozco que parte fundamental de mi plan de existencia es terminar en el lugar afectivo de mi padre: a viejito contigo. No soy cariñoso ni detallista pero debes estar segura que mi afecto de hijo son los mismos de cualquier ser humano que sabe que lo más seguro y hermoso que tiene a su lado es al ser que le dio la vida y que, en tu caso, está también dispuesto a perderla… por amor.
Ahora yo te digo: cuenta conmigo. Creo que ya has hecho demasiado. Te prometo ser más atento, generoso, paciente y comprensivo. Lucharé, como tú lo has hecho toda tu vida, para que todo sea mejor en esta familia. Creo que es lo mejor que te puedo regalar porque tú has vivido y envejecido sólo para eso.
Te dejo para que sigas comunicándote y redescubriendo a Dios que siempre lo has tenido en tu corazón. No dejes de tenerme en tu pensamiento que en los momentos de mi angustia es mi refugio. Te adoro.
Luis Antonio
Nota: Esta carta se la escribí a mi madre cuando acudió a un retiro católico hace dos años. No tienen idea de cuán feliz me hizo escribirla. Y cuán feliz la hizo a ella, que fue lo más importante. He decidido compartirla con los lectores de este espacio de opinión tratando de inquietarles el deseo de paz y liberación que siempre hay en las almas –ya muchos no tienen la capacidad de expresar en persona lo que quieren decir-, para que le escriban al ser más hermoso del universo, a propósito de su día, palabras del corazón. Créanme. Es un fantástico ejercicio espiritual.

Los sentimientos filiales que todos tenemos respecto a nuestra madre reverdecieron al leer tan llindas palabras.
Felicitaciones, y gracias !!!
Que Dios Nuestro Señor lo bendiga.
Una madre de la tercera edad.
QUE DIOS LE DE SIEMPRE SABIDURIA DE LO ALTO A UD. POR SER UN HIJO QUE VALORA LO QUE TIENE.
haberla escrito cuando todavía ella pueda disfrutarla,mil gracias por haberla compartido.
GRACIAS, SIMPLEMENTE GRACIAS POR COMPARTIR ESTA CARTA.