Generalmente, las abuelas y luego las empleadas domésticas, que en épocas pasadas provenían del campo, eran quienes nos contaban este tipo de “historias urbanas”.
Recuerdo la de aquella dama bellísima, de buena figura, que se paraba frente a la entrada principal del cementerio. Frente a dicho lugar había pequeñas cantinas donde acudían a tomarse los traguitos los habitantes del sector. Tales damas los llamaban, se volteaban y ellos las seguían. Ya en las afueras, se volteaban y tenían cara de calavera, y los mataban.
Otra famosa leyenda era la de la viuda del Tamarindo, en Manabí, que actuaba de manera similar. También había la creencia de que ciertas personas pobres, que trabajaban con esmero y tesón toda su vida, y que llegaban a tener fortuna, la lograban porque decían que les habían vendido el alma al diablo, a cambio de obtener muchas riquezas.
Finalmente, recuerdo la fábula de los búhos, pájaros de pequeña estatura que se posan en las cercas de los condominios y emiten unos cantos desagradables. Para los costeños, tenía la significación de anunciar la muerte de alguna persona en dicho lugar; para la gente de la sierra, los búhos traen riqueza y felicidad al sector.
Posiblemente haya más leyendas de ese tipo, pero no las conozco. Sólo sé que la gente las cree y las respeta, con cierto temor en sus recuerdos.
¿Serán sólo leyendas urbanas, creencias populares o verdades permanentes? Nunca estaremos del todo seguros.
Rezar una oración por sus almas siempre será preferible para su estancia en el más allá. Amén.