Conocí a León Febres Cordero en su faceta más pura y quizás la menos explorada: la del hombre que hizo del deporte una pasión. En una charla sostenida hace algunos años me contó:

“Yo fui deportista, jugué fútbol como todos los muchachos guayaquileños, fui jugador de pelota de trapo en las calles, junto a mi hermano Nicolás que fue mejor jugador que yo, y a mi hermano Agustín que fue el mejor de todos al punto de haber sido titular en el Patria con cuya divisa alcanzó el campeonato de Guayaquil, cuando se jugaba el torneo de la Federación Deportiva del Guayas y no había llegado el profesionalismo. Yo era estudiante excelente, muy indisciplinado, pero me gustaba la cultura física. Hacía pelota de trapo en las calles de mi barrio, boxeaba, levantaba pesas, estuve en el equipo de gimnasia olímpica de la universidad en la que estudie en Estados Unidos, pero no tuve la voluntad de ser estrella. Será porque me di cuenta que no tenía los dones especiales que se requieren para llegar a serlo”.

Solía verlo, en los últimos años de la década de los 50 y en los primeros de los 60, en el desaparecido hipódromo Santa Cecilia, como propietario de caballos de carrera, una afición que heredó de su padre, Agustín Febres Cordero Tyler, un brillante deportista guayaquileño de los primeros años de siglo.

Un día de 1968 llegó a la Piscina Olímpica junto a sus hijas, representantes de la Academia Ferretti, para participar en el torneo de novatos de EL UNIVERSO. Allí empezó a destacar quien fuera la múltiple campeona sudamericana y una de las mejores deportistas ecuatorianas de todos los tiempos: Mariuxi Febres Cordero.

Desde entonces empezó la amistad con el padre de deportista que se levantaba a las cuatro de la mañana para llevar a su hija a entrenar, que se preocupaba diariamente de su alimentación y sus cuidados médicos, y hasta de los aspectos técnicos, porque, aunque jamás interfirió en la labor de Pepe Ferretti y de Bimba Vallazza, los mentores de Mariuxi, siempre quiso conocer cómo era llevada su hija en el trabajo diario.

Leía muchos libros y revistas técnicas, se hizo un experto en las teorías del entrenamiento del mundialmente famoso Doc Counsilman, charlaba con los entrenadores nacionales y extranjeros y hasta se compró una curiosa tabla con tres cronómetros para chequear los pases de su hija cada cincuenta metros.

Estuve junto a él en todos los torneos internacionales en que intervino Mariuxi y compartí sus emociones al verla triunfadora, especialmente en su primera medalla de oro lograda en 1973 en Río de Janeiro.

En aquellos viajes, con dirigentes y entrenadores, consumimos muchas horas de interminables debates sobre natación. Se puso en evidencia la manera cómo afrontaba aquello que creía su verdad: con intensidad emocional y convicciones firmes. Era, en el fondo, un hombre sencillo, amable, generoso, leal y con un inconmovible sentido de la amistad. Respaldó siempre a Lucho Chiriboga en la política de llevar a nuestros nadadores a las competencias internacionales cuando no había un centavo en las arcas de las entidades deportivas. Sus nexos empresariales posibilitaron los viajes de las delegaciones.

En Medellín, en el Sudamericano de 1974, fui testigo de una actitud que retrata su nobleza. Mariuxi bajó a desayunar con sus compañeras de delegación y él le entregó un suplemento alimenticio que había recetado sus médicos en Estados Unidos. Al minuto se dio cuenta que su hija era la única que tenía el producto. Se levantó, fue a una farmacia y regresó con los envases para todos los nadadores que recibieron con alegría el obsequio.

Nunca dejó de cumplir su papel de padre de deportista, ni aun cuando sus obligaciones de empresario y de político le exigían dedicación plena. Amaba el deporte, y la natación en particular, y solía decir que las horas en la piscina eran las de mayor disfrute espiritual.

En la charla a que hecho alusión antes, le pregunté si había nostalgia por aquellos años cerca de las piletas. Esta fue su respuesta:

¿Cómo no va a haber nostalgia? Más allá de ver a mi hija ser lo que no pude ser yo en el deporte; de que sea un ejemplo para los jóvenes, a mí me encantaría volver a vivir un tiempo como el que viví con Mariuxi, ya no con una hija, porque ya estoy viejo para eso, pero con mis nietos. Desafortunadamente ninguno ha querido ser nadador y eso que tengo doce. Hay dos o tres de ellos que pueden todavía comenzar y espero, si ellos quieren ser nadadores, que Dios me dé vida para poderlos ayudar. Claro que hoy tengo grandes momentos de nostalgia. ¿Si me levantaría de nuevo a las cinco de la mañana? Por supuesto, si me levanto a esa hora a hablar de política, imagínate lo que haría por un nieto”.

León Febres Cordero es ahora un amable recuerdo de aquellos años felices que pasamos en la natación. Dios reconocerá las virtudes que supo evidenciar siempre como deportista, como padre y como amigo. Que haya paz en su tumba.