En estos momentos de renovación y de reinstitucionalización del sistema universitario es más importante que nunca encausar la esencia propia de la experiencia universitaria: enseñar a razonar con rigor y a obrar con integridad tanto en la experiencia estudiantil como luego en la carrera profesional y en el ejercicio ciudadano a sus educandos.

Gran parte de la culpa de nuestra profunda crisis de valores, indiscutiblemente se posa en la columna vertebral de nuestras instituciones universitarias. Son estas instituciones, quienes han propiciado un golpe mortal al futuro desempeño ético de sus laureados estudiantes, condenando a una grave crisis sin límites a la institucionalidad del país.

Nuestra vergonzosa crisis, se alimenta y fortalece en los programas y pensum académicos de cada una de las carreras profesionales que nuestras instituciones universitarias ofrecen a miles de jóvenes inexpertos y ávidos de pavimentarse un camino seguro al éxito económico. Es ese el fin que corrompe la misión universitaria. Ese mensaje de éxito a cualquier precio, donde ya no logramos diferenciar el verdadero significado de virtud con el de estupidez y de éxito con mal habido poder y consecuente estatus.

Y me atrevo a acusar a las universidades, por que no existe una sola institución de las que componen los pilares de la democracia, que en nuestra reciente historia no haya sido empañada con casos de corrupción de funcionarios que sustentan títulos universitarios de toda índole y emitidos por todas las instituciones universitarias de este país. Profesionales, que seguramente lograron cumplir los puntajes requeridos, pero que carecieron de una formación ética en sus metodologías de estudio y de investigación que posteriormente se ven reflejadas en la calidad humana de gran cantidad de los profesionales que estas instituciones titulan. La masificación universitaria bajo esos parámetros solamente nos demostrará que más dañino es el remedio que la misma enfermedad.

Y que no se mal entienda, que el simple hecho de impartir Ética como una materia adicional logre alejar la sistematizada descomposición que ya ha hecho presa a la actitud académica de muchos jóvenes ecuatorianos, antes inclusive de pisar terrenos universitarios.

Es que la Ética como doctrina y sustento profesional, está tan mal enfocada, que generalmente la convierten en una de las ciencias de estudio más fastidiosas y de menos atractivo para estudiantes quienes la terminan considerando como un simple requerimiento para la obtención de un pasaporte llamado título universitario que les pueda simplificar el recorrido hacia la obtención de los bienes extrínsecos propios de cada carrera.

Es extremadamente necesaria una renovación, devolver ese golpe mortal que se le ha dado a la virtud profesional. Involucrar a los Colegios Profesionales en la educación ética y moral correcta de sus futuros afiliados.

No importará cuantos millones de dólares se inviertan en la renovación de los edificios desde donde se imparte justicia o del cambio de nombres de quienes hayan ganado en concursos la distinción y el honor de administrarla. Mientras no cambiemos el espíritu mismo de su entendimiento de la ética profesional, el dinero invertido será simplemente un gasto y no la inversión que originalmente se pretendió. Mientras no cosechemos en los estudiantes de medicina el verdadero significado social, ético, moral y las virtudes que demanda el hecho de ejercerla, no podremos dignificar y mejorar los sistemas de salud, por más que se duplique el porcentaje de la inversión destinada para ese sector. No lograremos tener políticos dignos, ejemplos de ciudadanos, verdaderos legisladores, mientras estos no estén preparados y no hayan sido educados bajo el rigor académico que solamente cosecha hombres y profesionales correctos. Desatinos que se siembran en la universidad misma, pero que se cosechan económicamente en las instituciones llamadas a ser pilares de nuestra democracia y en las instituciones que desde el sector privado están destinadas a defenderla.

Nuestras instituciones están llenas de fístulas impuestas por la incorrección de los profesionales que las integran. Lamentablemente, los méritos de un buen resultado en un concurso de puntajes y de exámenes, no siempre manifiestan la fortaleza ética y moral de quienes dominan las pruebas de idoneidad para el ejercicio profesional. Son las bases implantadas en las universidades, el rigor académico con profundos fundamentos éticos y morales los únicos que pueden preparar a un profesional completo.

No permitamos que el golpe mortal de la corrupción nos mantengan indefensos, sembremos la idea a nuestra juventud de que el verdadero éxito está en el ejercicio de virtudes y no en la cosecha de frutos obscuros que ofrece la corrupción. Es hora de devolver ese golpe mortal y eliminar ese concepto que se ha convertido en casi cultural: mientras más rápido se obtiene riquezas, es simplemente mejor.